JUEGOS vs TECNOLOGIA

Cada día sorprende menos ver como la mayoría de los niños y niñas desde edades muy tempranas emplean demasiado tiempo en actividades que no complementan su desarrollo emocional y neuropsicológico de una forma natural, es decir, pasan excesivas horas “jugando” con dispositivos tecnológicos. 

La tecnología ha venido para quedarse y gracias a los avances conseguidos hemos progresado notablemente en muchos aspectos de la vida,  pero necesitamos  ser mucho más  conscientes del uso que tanto adultos como niños, adolescentes y jóvenes hacemos en la actualidad.

Para un correcto desarrollo evolutivo de un recién nacido, en los diferentes aspectos físicos, emocionales y neuropsicológicos hasta que llega a la adolescencia, pasa indudablemente por la actividad de jugar.  Según el sistema ESAR (sistema psicopedagógico de análisis y clasificación de juguetes), se distinguen cuatro tipologías de juego: juegos de ejercicio, el juego simbólico, los juegos de ensamblaje y los juegos de reglas.

A través del juego, las personas desarrollamos habilidades y nuevas capacidades de interacción con el contexto y medio social en el que nos encontramos, independientemente de la edad que tengamos. Desarrollamos la capacidad de resolución de conflictos, por ejemplo, con los juegos de ensamblaje donde tenemos que resolver como se insertan las piezas o encajan en un modelo. Desarrollamos habilidades de comunicación e imitación, especialmente a través del juego simbólico donde aparecen los procesos de imitación a las personas adultas,  tan importantes en el camino de comprender  el entorno social y profesional donde nos desenvolveremos al llegar a la adolescencia. Desarrollamos nuestro aparato locomotor repitiendo acciones (ir en bici, pelotas, sonajeros…) por el placer físico y emocional que nos transmite la acción y por último desarrollamos habilidades sociales e interpersonales a través de las reglas que el propio juego impone o son necesarias para seguir un proceso.

Una primera conclusión a la que podemos llegar, es que a través del juego nos relacionamos con personas y especialmente con aquello que somos capaces  de imaginar, tan necesario a la hora de progresar en la vida.  Hablamos de desarrollar el pensamiento crítico y divergente.  Si un niño o niña deja de “jugar” y eso es tan fácil como permitirle el uso de un dispositivo tecnológico, antes de los 13 años, para que lo utilice cuando quiera y como medio de sustitución del juego o de la actividad de ponerse a jugar con otras personas de su edad, podrían fomentarse comportamientos no deseados como cambios de humor, dificultades para conciliar el sueño, problemas de conducta y aislamiento social, desconexión con el entorno y, en algunos casos, retraso en la aparición del lenguaje afectando directamente en el desarrollo socio emocional del menor.

Hemos normalizado situaciones como dejar a un niño o niña de 2 años en adelante, un smartphone para que se entretenga jugando mientras  disfrutamos de una comida tranquila en un restaurante o cuando queremos un poco de tranquilidad en casa y les ofrecemos el tablet como medio de desconexión familiar.  No somos conscientes de la vulnerabilidad a la que el niño o niña se ve sometido en su psiquis con las posibles consecuencias ya comentadas, por no mencionar el inicio de procesos de adicción a este tipo de actividades. 

Llegados a este punto, es probable que muchas personas puedan pensar que cuando nosotros éramos niños o niñas también nos ponían la TV o nos dejaban la play para jugar a nuestro videojuego favorito, con la misma intención.  NO ES  COMPARABLE. Un dispositivo tecnológico propio del SXXI, no tiene una sola función. Un tablet o un móvil de los actuales “lo es todo”. Puedes ver la serie que quieras y cambiar a otra cuando te apetezca;  jugar a múltiples tipos juegos, te permite hacer fotos y videos, puedes comunicarte con los demás e incluso ver a la persona que quieras etc. Un dispositivo tecnológico, pone el mundo entero al alcance de cualquier persona y tratándose de menores, los riesgos son incalculables.

Por supuesto, no quiero decir que haya que prohibir los dispositivos tecnológicos a nuestros hijos e hijas, sino que hay que promover un uso responsable de los mismos, tanto en el tiempo como en la edad en la que deben ser usados. Las familias actuales deben ser  conscientes de que la tecnología ha invadido nuestras vidas y es imprescindible prestar mucha atención a la manera en la que educamos a nuestros pequeños.

Desde varias asociaciones de pediatría, así como recientes estudios de la neurociencia y de la  neuropsicología se recomienda que antes de los dos años, nunca dejemos un dispositivo tecnológico a un niño/a.  Nuestra alternativa más eficaz desde los 0 años hasta los 6/7 años en adelante se basa en trabajar la percepción sensorial, a través del oído por medio del habla o la música; del tacto con masajes y diversas texturas en sus juguetes; de la vista por medio de un espejo, luces, imágenes, colores; del gusto por medio de los sabores y por el olfato con olores suaves y agradables. Trabajaremos la manipulación de los objetos para estimular los reflejos de prensión y de esta forma proporcionaremos los puntos de apoyo necesarios para que inicie la marcha vertical, la coordinación de movimientos y estimularemos la psicomotricidad gruesa mediante el gateo, saltando, bailando, subiendo y bajando escaleras y la psicomotricidad fina, con actividades como recortar, pintar, escribir, etc.

Y por último, el contacto con sus iguales y personas de su alrededor para que a través del juego inicie los procesos de la inteligencia emocional, especialmente con la capacidad de ponerse en el lugar del otro y el autoconocimiento de sus posibilidades consigo mismo y con los demás. Es a través del juego simbólico en interacción con los demás lo que permite al niño/a poner en práctica todas las vivencias que le ocurren en su vida cotidiana, facilitándole el contacto con los adultos más cercanos (padres, madres, abuelos/as, profesores/as). Con este tipo de juego y acciones, el niño/a potencia su lenguaje y comunicación con otras personas, a la vez que  inicia la consolidación de nuevos hábitos de la vida diaria y  normas sociales.

Cuando llegamos a la edad de los 8 años, etapa que se caracteriza por el desarrollo de conversaciones con fluidez, mayor autonomía y conocimiento personal, interés por competir y ganar, además de la consolidación del proceso lecto-escritura,  es cuando podemos empezar  a trabajar  la toma de decisiones y la organización del tiempo. Es la etapa de los juegos con reglas, las construcciones y de los primeros videojuegos.

En muchos casos coincide en estas edades, que el número de actividades extraescolares que realizan y los deberes para hacer en casa, apenas dejan  tiempo para jugar. Las personas adultas debemos ser conscientes de la  importancia del juego para que vayan afianzado su personalidad y en la medida de lo posible potenciaremos que sus amigos y amigas puedan venir a casa, organizaremos encuentros sociales fuera del entorno familiar y realizaremos actividades lúdicas en familia.  Son muy recomendables juegos de mesa tan importantes como el Monopoly o el Risk, Rumikuk e Intelec. Se puede permitir el uso de algunos videojuegos acordes a su edad, siguiendo las recomendaciones del sistema PEGI (Pan European Game Information) que es el mecanismo de autorregulación diseñado por la industria para dotar a sus productos de información orientativa sobre la edad adecuada para su consumo.

A partir de los 10 años en adelante, coincidiendo con el periodo de la pre-adolescencia, las emociones y los sentimientos son la parte más importante de esta etapa evolutiva. El juego tendrá como objetivo fundamental superarse a si mismo y potenciar la autoestima. Este proceso de autoconocimiento es  fundamental para conocer la valoración personal que hacemos de nosotros mismos. Es una edad donde triunfan los juegos de rol, las construcciones complejas y los videojuegos entre muchos más.

Las conclusiones son evidentes: el juego ayuda a integrar y potenciar la socialización, a mejorar los procesos de comunicación, a resolver conflictos por medio del ensayo-error y de esta forma aprender a gestionar la adversidad, potencia los vínculos interpersonales y es una actividad que proporciona emociones positivas, confianza, enriquecimiento personal y autoestima.  

Y ante  dudas como: ¿Entonces que hago con los dispositivos tecnológicos, se los quito, los prohíbo? ¿Y mi hijo/a va a ser el único que no tiene tablet ni móvil? ¿Se sentirá desplazado/a?

Prohibir no educa, hay que enseñar a pensar a nuestros hijos e hijas desde muy corta edad, a usar con responsabilidad los dispositivos tecnológicos en tiempo y forma y los padres y madres actuar en consecuencia. Comportarse de manera diferente a otras personas no es motivo de preocupación sino de respeto a la individualidad y a los principios educativos que cada familia considere importantes en la educación de sus hijos e hijas.

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